La gravera junto al tren de jardín

Al borde del tren de jardín había un rincón libre en el que de todos modos no crecía nada como es debido. El sitio exacto para una obra. El material no tuve que comprarlo: tierra oscura del compostero, unas piedras del arriate y grava clara, de esa que aquí cubre todos los caminos.
El material real trae sus propios problemas
La tierra queda estupenda en una fotografía. Tiene textura, tiene color y hace lo que hace la tierra cuando una pala cargadora pasa por encima. Pero también tiene inconvenientes de los que nadie avisa antes. Está mojada. Se apelmaza en los pasos de rueda, se queda pegada a las figuras y cuesta sacarla de una cuchara a golpes. Una minicargadora que lleva una carga de tierra por delante tiene que quedarse un cuarto de hora al sol antes de que me apetezca volver a tocarla.
La grava fue la segunda lección. En la escala del tren de jardín pasa perfectamente por balasto, y eso está bien. Solo que resbala. Un montón que acabo de formar parece más plano diez minutos después, y si un vagón lo golpea, media ladera termina sobre las vías. En algún momento dejé de pelearme con eso y coloqué el vagón donde el montón quería quedarse por sí solo.
Tres días, porque la luz dura poco
Empecé un domingo de noviembre a primera hora de la tarde, y a las cuatro ya se había acabado. En noviembre tienes aquí quizá tres horas aprovechables, y la última es la mejor: la luz entra rasante desde un lado, las hojas amarillas del fondo se encienden y las máquinas proyectan sombras largas sobre la tierra. Por eso en una de las fotos la grúa verde con la pinza roja ya está medio en sombra mientras el vagón tolva amarillo de delante todavía tiene luz. No fue planificación, fue la hora.
Por eso el rincón no quedó terminado hasta el tercer día. En la última imagen la grúa carga grava clara, la locomotora roja tipo cocodrilo espera lista y el sol prácticamente se ha ido. Al fondo asoma un trozo de molino, sencillamente porque está ahí.
La visita detrás de la valla
En una de las fotos hay una vaca de las Tierras Altas mirando hacia la obra. Está en el prado, detrás de la valla metálica, con la cabeza baja, pastando, y no mostró el menor interés por la cargadora que tenía delante. Me habría gustado quitar la valla, pero el animal se acercó justo en ese instante lo bastante como para que su pelaje llenara media parte superior del encuadre. Algo así no se puede montar. Solo se puede tener la cámara preparada.



